En una entrevista al Arzobispo Marcello Bartolucci, Secretario de la Congregación para las causas de los santos, o sea el organismo del Vaticano para analizar y determinar si un cristiano es canonizable, se le hicieron algunas preguntas pertinentes y el Arzobispo emitió entre otras cosas lo siguiente:
“El camino que conduce a la santidad es difícil pero no lo es menos el que lleva a su reconocimiento por parte de la Iglesia. La Congregación, llegado el momento expone al Papa los argumentos por los que el cristiano en cuestión merece la canonización y tan solo el Sumo Pontífice da el ‘certificado’ de santidad y lo inscribe oficialmente en el Canon o lista de los Santos.
“En todo santo hay una dimensión supra-temporal y de perpetua actualidad, porque la esencia de la santidad es la comunión con Dios y perfecta imitación de Cristo.
“La Iglesia es Santa, porque su cabeza, Cristo, es santo, porque está habitada, por el Espíritu Santo, porque tiene los medios de la santificación (los Sacramentos), porque sus hijos son santos, obviamente en diversos niveles de perfección”.
Sí Amigos, nuestra Iglesia es Santa y eso a pesar de los pecadores que viven en ella, como cizaña entre el trigo. Los medios gozan destacando al exhibir las lacras que por desgracia existen, pero nunca hablan de los miles y miles de sacerdotes y religiosas que entregan sus vidas a la realización del Reino de Dios hasta el heroísmo en los lugares más inhóspitos. Tampoco resaltan los millones de cristianos que viven en Gracia de Dios y por lo tanto en Santidad, como pueden ser nuestros mismos padres o hermanos.
El Arzobispo no equipara la santidad con la perfección moral porque son cosas distintas aunque vayan unidas. Nuestro Señor nos enseñó eso cuando habla de que los granos de trigo sembrados, dan unos el ciento, otros el sesenta y otros el treinta por ciento de frutos. O sea, hay Santos enormes como Juan Pablo II y hay santos como nosotros viviendo siempre en Gracia de Dios, pero con imperfecciones con las cuales, por supuesto, no debemos pactar.
Agradezcamos a Dios el haber sido llamados a pertenecer a la Iglesia Católica y a vivir en Gracia de Dios (Vida Divina en nosotros), a partir del Bautismo.
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