Todos los dias puede ser Navidad

El optimismo es la tarjeta de identificación del católico. Este optimismo nace de la certeza de que Dios nació y puso su morada entre nosotros. En esta Navidad Cristo quiere nacer de nuevo en el corazón de los hombres con una condición: dejarlo entrar. A veces somos medio miopes y vemos lo blanco, negro y lo negro, blanco. ¿Cuestión de perspectivas? No, cuestión de no engañarnos ni dejarnos engañar; cuestión de equilibrio. A veces nos pasamos de negativos y nos ponemos pesimistas hasta la médula de los huesos. Otras veces nos pasamos de optimistas que nos desubicamos de la realidad.

Lo correcto es a moderación y la sensatez. No nos referimos al puro optimismo humano, al que se queda en la naturalidad de un temperamento. Vamos más allá, al optimismo católico, ese que ante las realidades difíciles no se hace pequeño; ese que trasciende temperamentos y no conoce más frontera que la de la libertad del ser humano.

Esperanza es el nombre católico del optimismo: si el optimismo es nuestra acta de nacimiento, la esperanza es la de bautismo. ¿Y esto que tiene que ver con la Navidad? ¡Todo! Porque Navidad, además de un periodo donde festejamos la llegada del redentor, es también un estado del alma, una actitud de vida. Y como la vida se puede afrontar negativa o positivamente, con pesimismo o con optimismo, debemos aprender a vivirla como cristianos. Solemos entristecernos a la primera. Vemos el cielo nublado y se nos olvida que detrás está el sol, que sólo hace falta atravesar las nubes, ir más allá de ellas.

La esperanza nace del hecho de que Dios quiere nacer no sólo cada año sino todos los días de la vida en nuestros corazones. Y ni nos pide mansiones, ni hoteles de primera clase Él sigue queriendo anidar en la humildad, en el silencio. Únicamente pide un corazón dispuesto, un alma preparada llena de optimismo. Todos los días puede ser Navidad. Ahora que lo sabemos no podemos dejar pasar la oportunidad. Con optimismo, con amor, con obras. Es tan fácil: reconciliarse con aquel con quien me enemisté, recordar los detalles hacia el esposo o esposa, agradecer a los abuelos, manifestarles el cariño y con todas las personas que nos necesitan.

Cristo nació y murió aparentemente como un fracasado. Y es que Dios aparenta arruinarse pero luego triunfa; sus “fracasos”, siempre son aparentes, son una oportunidad de probar nuestra fe, nuestra confianza en Él. Ahora que lo sabemos no podemos decepcionarle. El hecho de que se minusvalore la Navidad o que algunos la hayan empezado a vaciar de sentido no puede ser motivo para abandonarnos en la melancolía; ¡es la mejor oportunidad para demostrar con obras nuestro amor, para declararnos abiertamente cristianos! Un corazón que ha construido un Belén para Dios puede lograr esto y mucho más porque ya es de Cristo, porque está bañado por el optimismo cristiano. La preparación exterior es reflejo de la preparación interior. Las fiestas son manifestaciones del gozo por el nacimiento del Salvador. Sólo así tendremos unas navidades completas y auténticamente felices.

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