La Familia: Escuela de valores

Los niños son como esponjas que absorben todo lo está a su alcance. Si a su lado encuentra cariño, serán niños cariñosos pero si encuentran vinagre, seran niños "avinagrados".  Todo depende de la familia y de los padres que se encuentren a su lado pero es aquí­ donde su madre es la principal "comunicadora" y esta función empieza desde el momento de su concepción. Existen estudios que muestran cómo el afecto materno en el periodo de la gestación puede llegar a influir en el feto hasta el momento de su nacimiento.
Después del parto, la madre sigue ocupando un papel privilegiado. En muchos lugares todaví­a la lactancia se prolonga durante varios meses, e implica un encuentro cara a cara entre él bebe y la mirada tierna y amorosa, llena de afecto y de esperanza, de su madre.  Desde el nacimiento y con el pasar del tiempo, los contactos se van abriendo a más personas. En primer lugar, al padre, que comparte con la madre las fatigas y sobresaltos de las primeras años, Luego, a los hermanos, los abuelos, los tí­os y primos... Los lazos familiares van marcando las primeras experiencias y relaciones de quien entra en el mundo adulto lleno de ilusión y con un gran espí­ritu de "absorción".

Los contactos iní­ciales marcan profundamente la vida del hijo y lo introducen en el mundo de los valores. La generosidad se aprende en el continua disponibilidad del pecho de mamá para cualquier hora que el bebe lo necesite la alegrí­a de las sonrisas que se dibujan a su alrededor. La justicia entra en la conciencia del niño cuando "descubre" cómo el padre y la madre se reparten las tareas de la casa, y cómo se mantienen firmes ante una indicación  que no cambia bajo ninguna circunstancia o cuando ve una coherencia entre lo que dicen sus padres  y lo que hacen.

El desarrollo de la propia vida ética depende también de otros factores y se va constituyendo a lo largo de la vida del niño hasta llegar a ser adulto. Pero lo que se ha sembrado dentro del hogar resulta ser de un valor extraordinario, muchas veces decisivo para el resto de la vida.

Por eso una familia que quiera un hijo feliz, un hombre maduro, debe prestar atención a esas primeras etapas, debe tomar conciencia del milagro maravilloso que se opera ante sus ojos: el ingreso en el mundo de los valores de un ser que mañana fundamentara el amor a sus semejantes y junto con la vida católica podrá ayudar a otros nuevos hombres y mujeres para que sean felices como lo fue él gracias a una familia integra y llena del amor de Dios.
Fuente: catholic.net

 

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